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EVOLUCIÓN DE LA POBLACIÓN Después de un fuerte crecimiento desde principios del XVII, éste se frenó, teniendo el territorio almeriense un comportamiento diferente al resto de la Península. Incluso, en las últimas décadas, se generó una corriente emigratoria, ya de carácter temporero (cuadrillas de segadores que "marchan a las Andalucías", a su zona occidental), ya de carácter definitivo hacia la costa y la capital. La densidad pasó de los 14 hab/km2 en 1752 (con 124.362 habitantes en total) a 19 en 1797 (177.247 habitantes). Se pueden distinguir tres zonas diferentes según la evolución: la ciudad de Almería, las restantes zonas costeras y el interior. La población de la ciudad de Almería creció a un ritmo más elevado que la media provincial. Según sus padrones, los 5.116 habitantes de 1712 pasaron a ser 12.596 en 1797 (multiplicándose por 2,5). Ser la cabeza de un corregimiento y la sede obispal, además de tener el puerto más activo de la zona, y el centro de la comarca agrícola más importante, generó un importante movimiento de atracción de la población. La población de las restantes zonas costeras o próximas a la costa creció a un ritmo superior al 1% anual en la segunda mitad del siglo. Se trata de pueblos como Níjar, Felix, Roquetas, Sorbas, Bédar, Uleila, Lucainena y otros situados en la costa o en su área de influencia. El único pueblo del interior que tuvo un desarrollo demográfico positivo es Laujar, centro manufacturero de la Alpujarra almeriense en esta época. Los pueblos de las cuencas altas de los ríos Andarax, Nacimiento y Almanzora pierden importantes cuotas de población. Destacan con pérdidas superiores al 10%: Paterna, Fondón, Bentarique, Alsodux, Abrucena, Purchena, Sierro y Armuña. Las peores posibilidades de vida que ofrecían las comarcas del interior generaron estas pérdidas.