<< Volver Indice
DE TIERRA DE INMIGRACIÓN A TIERRA DE EMIGRACIÓN Tasas de crecimiento tan imponentes como las que se dieron entre 1820 y 1850 sólo son explicables por la aportación de una estimable corriente inmigratoria. Hasta ahora los especialistas adjudican al desarrollo de la minería, que se inicia de manera fulgurante durante esos mismos años, la principal responsabilidad en este fenómeno; pero no habría que olvidar que el avance de la población fue generalizado y afectó también a comarcas distantes de los populosos centros mineros. En estas zonas las oportunidades de una oferta amplia de terrenos vírgenes, desprovistos de las trabas para su aprovechamiento particular como consecuencia de la revolución liberal, también debió de servir de aliciente para la ocupación humana. De todos modos, los estudiosos tenemos en este tema bastantes incógnitas pendientes. La tendencia se invierte durante la segunda mitad del siglo XIX. De un ritmo de crecimiento de la población del 1,3 % anual, entre 1830 y 1860, se desciende hasta el 0,3 % desde esta última fecha hasta 1900. Una caída tan drástica revela la aparición de saldos migratorios negativos: Almería da sus primeros pasos como tierra de emigración. Este comportamiento de la población de la provincia de nuevo es original en el contexto regional. En la segunda mitad de la centuria la población andaluza crecerá a un ritmo tres veces superior al de Almería. De hecho, en las corrientes migratorias de finales del siglo XIX la aportación almeriense es la mayor de todas las provincias andaluzas, seguida a distancia por las provincias de Granada y Málaga. En el resto de Andalucía, hasta bien entrado el siglo XX, no se producirá una emigración significativa. Nuevamente, la investigación realizada hasta el momento no ha ahondado en explicaciones determinantes a tal disparidad de comportamientos. Se alude a la crisis minera de finales del siglo XIX, o al impacto de la caída de los precios agrarios sobre unas economías campesinas basadas en la explotación de magros minifundios, o a las repercusiones de la reforma agraria liberal y las desamortizaciones que despojaron al campesinado de algunos de los recursos que tradicionalmente habían explotado de manera colectiva (montes, pastos, etc.). Las explicaciones monocausales son, seguramente, insuficientes. No todas las provincias con predominio de la pequeña propiedad aportaron emigrantes a esta riada de finales del siglo XIX -en donde con los almerienses destacaron los gallegos y los canarios-. Aunque parece más determinante, la quiebra de la minería del plomo no terminaría de explicar los flujos procedentes de comarcas netamente campesinas; mientras que la reforma liberal afectaría al campesinado almeriense de manera similar al de otras provincias que, sin embargo, no optó por la emigración como salida. Tenemos que profundizar en un análisis que pondere las diferentes causas que dotan de peculiaridad al comportamiento migratorio almeriense. La práctica migratoria en Almería se remonta muy lejos; antes, incluso, del siglo XIX. Incluso en épocas de un fuerte crecimiento demográfico, como la primera mitad del siglo XIX, importantes núcleos del campesinado almeriense, especialmente entre los jornaleros, acudían, durante el verano y los últimos meses de la primavera, campaña tras campaña, a hacer "la siega en las Andalucías" y en otras partes de Extremadura y La Mancha. Estos desplazamientos de temporada de las cuadrillas de segadores almerienses hacia las campiñas andaluzas, que resultaban masivos en los pueblos del interior durante las épocas de sequía, coincidían, a menudo, con los de algunos grupos de pescadores que acudían a las faenas de pesca de los puertos malagueños y gaditanos. Esta predisposición a la movilidad por parte del bracero y hasta el pequeño colono o propietario, que en el marco de la agricultura tradicional resulta comprensible en un medio físico tan vulnerable, se agudizaría, también, con el desarrollo minero, caracterizado desde sus orígenes por una gran inestabilidad, como más adelante se verá. Así, el bracero pasará con facilidad de una mina a otra , de un paraje a otro más o menos distante y, finalmente, de una cuenca minera a otra: de las Alpujarras a Almagrera y desde éstas a Cartagena, La Unión o Linares. El rápido crecimiento del número de habitantes hizo que muy pronto, ya a la altura de 1860, se manifestasen síntomas de una grave situación de superpoblación relativa. La tensión entre una población que había crecido muy rápidamente y unos recursos escasos se reveló dramáticamente con ocasión del decaimiento, lento pero irreversible, de las cuencas mineras de Gádor y Almagrera . Las vicisitudes mineras del último cuarto del siglo XIX que concluyen con la quiebra generalizada de la "pequeña minería autóctona" del plomo, se vieron acompañadas por las repercusiones en el amplio sector de la agricultura tradicional de la famosa "crisis agrícola y pecuaria" con la que en España fue conocida una de las más claras expresiones de la depresión económica de finales del siglo XIX. La caída de las rentas agrarias, por el descenso de los precios agrícolas, consecuencia de la conformación de un mercado agrario mundial y de la introducción y competencia de los granos ultramarinos que afecta a las producciones cerealícolas tradicionales, y las dificultades, más específicamente almerienses, que también se perciben hacia 1885-90 en los ámbitos de las producciones agrícolas comerciales -invasión de la "filoxera" en los nuevos parrales de uva de embarque y sobreexplotación de los atochares productores de esparto tras el "boom" recolector de la década de 1860- configuraron un panorama socioeconómico que impulsó la primera oleada emigratoria almeriense. El destino de este movimiento será de forma aplastante Argelia, hacia donde se dirigen más del 90 % de los emigrantes. Los saldos migratorios negativos (diferencia entre inmigrantes y emigrantes) se mantienen cercanos al promedio de 2.000 al año entre 1860 y 1890, para terminar cayendo hasta poco más de 200 en la última década del siglo. La ralentización de la emigración en los años de fin de siglo se puede relacionar con una cierta revitalización minera —desarrollo de las nuevas cuencas dedicadas a la explotación del hierro—, la realización de un amplio programa de obras públicas —construcción de las dos grandes líneas de ferrocarril de la provincia— y la coyuntura de expansión de la agricultura parralera. Un breve paréntesis, no obstante, ya que en los primeros años del XX, la emigración se intensifica, a la vez que aparecen nuevos destinos como Argentina y Brasil. Entramos en los años de apogeo de la emigración transoceánica. La segunda y la tercera oleadas, ubicadas cronológicamente ya en la siguiente centuria (en los años 1910-1930 y en los años 1950-1970, respectivamente), canalizarán a miles de almerienses hacia América, antes de la guerra civil, y hacia Cataluña y los países desarrollados de Europa, durante los años del desarrollismo franquista.