<< Volver Indice
INTRODUCCIÓN El siglo XIX fue una centuria de grandes transformaciones. En la historia del mundo occidental se le considera la época de la industrialización y del avance del liberalismo. El crecimiento económico, que había sido difícilmente sostenido en las sociedades preindustriales, se dispara a partir del siglo XIX en una marcha ascendente, aunque salpicada de fluctuaciones, hasta nuestros días. Los ideales de los ilustrados del siglo XVIII y su crítica contra los valores de la economía mercantilista, la sociedad estamental y la monarquía absoluta de derecho divino, se empezaron a poner en práctica durante el ochocientos. No obstante, los triunfos del capitalismo en el orden económico, del liberalismo en el orden político y de los valores burgueses en la esfera social, aunque se inspiraran en los designios ilustrados de progreso, no garantizaron siempre el viejo ideal de la felicidad pública. La mejora en los niveles de bienestar se realizó con lentitud y con intensidad muy desigual en los distintos países europeos y las grandes transformaciones socioeconómicas aparejadas a la industrialización, produjeron hondos desequilibrios sociales que fueron el germen de un gran descontento. Los trasvases de población activa desde la agricultura a la industria se acompañaron por una secuela de sufrimientos relacionados con el incremento de la desigualdad y la intensificación de situaciones como la explotación económica de los trabajadores — favorecida por la abstención reguladora de los gobiernos— , y la insalubridad y el hacinamiento en los nuevos núcleos manufactureros. Desde una perspectiva ecológica, que ahora valoramos, la aceleración del crecimiento económico durante el siglo pasado también supuso un aumento en la explotación de los recursos naturales (la tierra, el agua, los minerales, los bosques, los recursos pesqueros...) con un rastro de repercusiones ambientales (agotamiento de los recursos, contaminación) que terminaron configurando un modelo de desarrollo poco sostenible, pero mantenido e intensificado, sin embargo, a lo largo del siglo XX. Mientras tanto, la curva de emisiones de CO2 iniciaba su disparo en flecha, al compás de un nuevo modelo energético basado en la quema de un combustible fósil, el carbón, que apenas había sido utilizado en las centurias anteriores y que aportaba ahora su poder calórico tanto al movimiento de las máquinas utilizadas en las nuevas industrias, como a la tracción de las empleadas en los nuevos medios que revolucionarían el transporte terrestre (el ferrocarril) y marítimo (la navegación a vapor). Con el concurso de estas novedades los mercados se ampliarían como nunca. El movimiento de mercancías y de personas, tanto en el interior de las fronteras nacionales, como entre países y continentes, se multiplicaría a una escala inédita. Las grandes migraciones del último tercio del siglo XIX permitieron, trescientos años después del descubrimiento de América, la colonización masiva del Nuevo Mundo y de las tierras vírgenes de clima templado de otros continentes por los europeos. Como impronta también del fenómeno imperialista —una expansión de las potencias europeas que poco tiene que ver en sus protagonistas y en sus métodos con los grandes imperios ibéricos de la edad moderna—, se puede decir que la historia de la Humanidad amplía su escenario en el siglo XIX y da los primeros pasos hacia la globalización. Parece más pertinente que nunca referirse, por fin, a una verdadera historia mundial. Almería no va a permanecer ajena a este cúmulo de transformaciones. De hecho su existencia como entidad administrativa con personalidad propia se debe a la ascensión al poder de los liberales y a la reorganización del territorio que promueven en 1834, cuando se crea la nueva provincia que se desgaja del viejo reino de Granada. Su economía, por otro lado, va a vivir pendiente de las vicisitudes de los mercados internacionales como nunca en las centurias anteriores. Sus habitantes, que se multiplican durante la primera mitad del ochocientos a un ritmo desenfrenado hasta el punto de convertir un territorio semidespoblado en una de las provincias de mayor densidad de Andalucía, protagonizan un éxodo peculiar a partir de entonces y formarán parte de las grandes corrientes que cruzan el Atlántico como consecuencia de la denominada Gran Depresión Finisecular. A pesar del aislamiento en comunicaciones terrestres, o quizás precisamente por ello, los almerienses del siglo pasado, para bien y para mal, se sintieron sacudidos por los grandes cambios de alcance planetario que se produjeron en el siglo XIX. La población. Un comportamiento peculiar.