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EL TRABAJO EN LAS MINAS UNA VERSIÓN LOCAL DE LOS RELATOS DE DICKENS Andrés Sánchez Picón Durante los años de apogeo minero se asistiría al rápido ascenso social de un grupo de familias locales enriquecidas por su participación en los negocios mineros. En varias poblaciones almerienses, incluida la capital, se pueden observar todavía algunas de las suntuosas mansiones de los tiempos del esplendor minero. La otra cara la presentan los obreros, mano de obra abundante y barata, que soportaban agotadoras jornadas de trabajo (12 a 14 horas), y que muestra sus rasgos más siniestros en la pervivencia, durante la mayor parte del siglo pasado, de las denominadas cuadrillas de gavia. Se trataba de grupos de chiquillos de entre 8 y 14 años, sometidos a la penosa tarea de correr por el interior de las angostas galerías, azuzados violentamente por los capataces, cargados con capazos llenos de mineral de más de una arroba, en un ir y venir incansable desde los tajos hasta los enganches de los pozos de extracción. Las minas de plomo de Sierra de Gádor y de Sierra Almagrera emplearon desde los años 1820 hasta mediados de siglo a no menos de 12.000 personas de promedio anual.Esta cifra descendería durante la segunda mitad de siglo, para mantenerse en una media anual de unas 7.000 personas. Se trata de los empleos directos en las explotaciones mineras, por lo que no se computan los trabajos inducidos por el desarrollo minero en el transporte o arriería (unos miles más) o en la fundición (de 500 a 1.000 personas al año). Las largas jornadas y prácticas inmorales como el adelanto de la paga —liquidada al final de cada varada (unos tres meses)— en vales con descuento canjeables sólamente en tiendas de las empresas, no serían contestadas con huelgas y movilizaciones de los obreros hasta entrada la última década del siglo XIX. Sierra Almagrera hacia 1870. Fue uno de los grandes centros de la minería española del siglo XIX.