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EL CRECIMIENTO AGRARIO: EL AVANCE DE LAS ROTURACIONES Los datos disponibles así como la huella dejada en el paisaje de la provincia, permiten sostener que durante el siglo XIX se produjo una expansión agraria sin precedentes en la historia provincial. Hacia 1850 no menos de 130.000 hectáreas, de las que unas 16.000 eran de regadío, se cultivaban en la provincia de Almería. Medio siglo después, en 1900, la superficie cultivada se había incrementado en un 62 %, alcanzando las casi 220.000 hectáreas, con un terrazgo ocupado por los cultivos de regadío que alcanzaba las 20.000 hectáreas. La responsabilidad de este crecimiento es achacable, de forma abrumadora, a la extensión de las tierras dedicadas al cultivo de cereales (trigo y cebada, principalmente) por todo el territorio provincial, con un crecimiento de unas 79.000 hectáreas entre las fechas citadas, lo que venía a significar una contribución del 95 % al crecimiento global de las tierras cultivadas en la provincia. En una situación de fuerte crecimiento demográfico -de espectacular hemos calificado el producido entre 1820 y 1860-, y en una posición de débil articulación con el mercado peninsular, las necesidades alimenticias de las personas y los animales estimularon el avance de las roturaciones hasta extremos inéditos en la historia del agro almeriense. La disponibilidad, asimismo, de una mano de obra abundante y barata, permitiría, además, la expansión agrícola a través del recurso a técnicas muy intensivas en trabajo, en el marco de una organización campesina predominantemente familiar que a través de la pluriactividad de sus miembros (labores agrícolas, trabajos mineros, servicios de transporte y arriería, migraciones temporales hacia Argelia a las campiñas andaluzas, etc.), podían integrar la penosa tarea de ampliación de los terrazgos. El sobrecogedor esfuerzo de aquella época, plasmado arqueológicamente en las terrazas sostenidas por balates de piedra que trataban de sacar el máximo partido a las esporádicas escorrentías de las laderas, a la vez que defendían a los huertos de los fondos de los valles de la violencia de aquéllas, conforma el paisaje de multitud de secanos hoy abandonados en los piedemontes del interior de la provincia. La conquista agrícola tuvo un carácter extensivo. Aunque se hicieron esfuerzos importantes en la ampliación del regadío, y se abrieron cimbras y boqueras que trataban en los márgenes de nuestros ríos-rambla, de mejorar los caudales disponibles, la ampliación de nuevas superficies irrigadas quedará para el siglo siguiente, cuando con el concurso de una nueva tecnología, se empiecen a aprovechar los recursos hídricos subterráneos. Por el contrario, lo que predomina es la conquista de superficies antes dedicadas a pastos o a baldíos montuosos, que, no obstante, ofrecían esporádicas cosechas en función de la climatología. Las roturaciones del XIX conquistaron, en un medio árido como el almeriense, terrenos que sólo propiciaban cosechas muy aleatorias y que únicamente eran sembrados en turnos de tres, cuatro y hasta seis o siete años. Un recurso desesperado y complementario, dentro de los procesos de trabajo y reproducción de los grupos campesinos, que pronto manifestará rendimientos decrecientes. Esta realidad quedaba reflejada en las primeras estadísticas oficiales donde se constata cómo el barbecho blanco (los terrenos labrados pero sin sembrar) y los eriales temporales (las tierras incultas, pero sometidas a cultivo esporádico según rotaciones determinadas), suponían, hacia 1886-1890, el 48,7 % de la superficie dedicada en Almería al cultivo de cereales. En España, ese tipo de tierras aportaban el 44,7 % de la superficie total dedicada al sistema cereal por las mismas fechas. Cuarenta años más tarde, hacia 1930-1935, los eriales y barbechos almerienses habían incrementado su aportación hasta ser mayoritarios con un 51,5 % de la superficie total, mientras que en el resto de España, habían bajado hasta el 40,8 %. Los principales esfuerzos en la ampliación del regadío, que crece en un tercio durante la segunda mitad del siglo (de unas 15.000 hectáreas hacia 1850 a las 20.000 de 1900), se realizan en las tierras bajas del Almanzora (términos de Cuevas del Almanzora y Huércal Overa) y en la vega baja del río Andarax, en las inmediaciones de la capital (donde desde 1853 funciona un Sindicato de Riegos que agrupaba a los regantes de los 7 pueblos del río de Almería). Incluso el gran proyecto hidráulico del XIX, el fracasado pantano de Níjar, terminado en 1850, se fija como objetivo la colonización cerealícola de los llanos del campo de Níjar.