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LA MINERÍA DEL SIGLO XIX: LA EDAD DEL PLOMO Tras un aparente letargo medieval y moderno, en los albores de la edad contemporánea y durante el siglo XIX, la resurrección de las actividades mineras hizo de nuevo que el nombre de Almería sonara en el mundo y que estudiosos y curiosos de varios países europeos - Le Play, Pernollet, Saglio, Delamarre, Kersten, Ansted...- se vieran estimulados a arrostrar las vicisitudes e incertidumbres de un viaje hasta este incomunicado reducto peninsular, con la esperanza de poder presenciar el fulgurante desarrollo de los distritos mineros de Sierra de Gádor y de Sierra Almagrera. Los visitantes españoles, por su parte, como Pedro Antonio Alarcón o Echegaray, también van a subrayar en sus descripciones la importancia de la minería en el conjunto de la economía provincial, rasgo que también sobresale en las páginas que a Almería dedica el Diccionario de Madoz, publicado entre 1845 y 1850, en plena "fiebre minera" a la que se alude en este tantas veces citado compendio como la manifestación de una "minomanía que se va extendiendo por el resto de la Península". La minería, asímismo, atrajo a un destacado número de técnicos extranjeros que dotaron de un cierto cosmopolitismo a algunas de las poblaciones más próximas a los centros mineros. Entre éstos, la figura del ingeniero belga D. Luis Siret, afincado en Cuevas del Almanzora desde la década de 1880, por su excepcional trayectoria de investigación que lo convierte en el padre de la prehistoria y la arqueología almeriense, merece una mención destacada. Desde el observatorio actual, en el que las referencias dominantes de nuestra estructura económica son la agricultura intensiva y el turismo, sorprende la magnitud que la minería tuvo durante la centuria pasada. No obstante, creo que la calificación de ésta como el siglo minero por excelencia, está plenamente justificada. Muchos de los matices que dotan de originalidad a la evolución económica y social del territorio de Almería entre 1800 y 1930, dentro del marco regional andaluz, para no ir más lejos, están estrechamente determinados por las fluctuaciones de la actividad minera en la recién creada provincia. Los estudios sobre el tema que han sido publicados en los últimos años van permitiendo comenzar a hacerse una idea sobre lo que ha supuesto el desarrollo minero para la zona. Un siglo y medio después del vendaval financiero y asociativo que ocasionó el descubrimiento del filón de plomo argentífero del barranco Jaroso de Sierra Almagrera -1838-, y cuando la minería está redundantemente enterrada, parece ganar terreno la idea de que la actividad extractiva resultó globalmente negativa y fue incapaz de generar un desarrollo económico sostenido para la provincia. El fallo condenatorio se nutre de asertos que recogen algunas de las principales acusaciones que se han hecho en los órdenes económico, social y ecológico. En el primero de ellos, se considera a la minería responsable, en buena medida, de la inmadurez de unas estructuras productivas y empresariales poco acostumbradas, por la aparente aleatoriedad de los beneficios mineros, a la inversión industrial a largo plazo. En la faceta social se destacan las inhumanas condiciones del trabajo minero durante el siglo pasado, así como la directa responsabilidad de la gran crisis minera de 1920-1930 en la poderosa emigración que hizo disminuir los contingentes humanos de la provincia de una manera drástica por aquellos años. En el orden ecológico, se alude a las negativas repercusiones medioambientales de una actividad que implicó una abusiva y desordenada deforestación en las sierras donde se desarrolló, así como unos movimientos de tierras que terminaban incrementando las aptitudes erosivas del terreno. Pero quizá sea excesivamente simplista manejar una imagen uniforme y global de lo que ha sido el pasado minero de la provincia. En el desarrollo del sector se pueden distinguir dos épocas bien diferentes en sus rasgos productivos y relativamente bien delimitadas en cuanto a su cronología. Una época antigua, que se extiende durante la mayor parte del siglo XIX -entre 1820 y 1890- y en la que domina la explotación de las minas de plomo; y una más reciente -entre 1890 y 1930, con derivaciones más próximas- en las que el predominio corresponde a la extracción del mineral de hierro. Sin demérito para otras producciones como el zinc, el azufre, el cobre o el oro, muy significativas como muestra de la riqueza geológica del subsuelo almeriense, pero muy distantes de la importancia económica y social que tuvieron las galenas, más o menos argentíferas, o los hematites y los carbonatos de hierro durante el siglo XIX y el primer tercio del XX, lo cierto es que la minería almeriense, como ya resumiera el ingeniero Gómez Iribarne en 1902, puede dividirse, parafraseando a las vetustas divisiones prehistóricas, en dos grandes edades, según las menas que ostentaran la hegemonía productiva: la edad del plomo, primero, y la edad del hierro, a continuación. El devenir de la minería almeriense tuvo un primer y brillante capítulo en las Alpujarras y la Sierra de Gádor, durante la primera mitad del siglo XIX, cuando la galena extraída de sus peculiares y reducidísmas concesiones mineras revolucionó a los mercados internacionales del plomo en las décadas de 1820 y 1830, propiciando, con su súbita y masiva irrupción, el desplome de los precios del plomo y la ruina de muchas minas alemanas e inglesas. En esta época cristalizaría el modelo de pequeña minería autóctona almeriense caracterizado por el minifundio y la extrema subdivisión de la propiedad minera entre centenares de sociedades improvisadas por gentes de la zona y por el empirismo y la precariedad de los medios utilizados para la extracción, que la harán famosa desde sus orígenes. Este esquema quiso trasladarse también al beneficio de los minerales, dando lugar a una artesanal metalurgia que desparramada por los barrancos de la Sierra de Gádor y del Campo de Dalías, obtenía las barras de plomo fundiendo con el combustible vegetal que podían proporcionar aquellos parajes. A pesar de las grandes pérdidas que los sistemas de estos rudimentarios hornos, conocidos en el país como boliches, producían, la pequeña metalurgia pudo mantenerse hasta que empresarios de origen malagueño -Rein, primero, y Heredia, a continuación- y los grandes comerciantes del plomo de Marsella -Figueroa y Guerrero-, decidieran pasar a controlar directamente la producción promoviendo el desarrollo de nuevas y modernas instalaciones industriales en Adra y en Almería, que usaban ya máquinas de vapor y hornos ingleses alimentados por carbón mineral importado desde Gran Bretaña. La mayor capacidad comercial y productividad de las fábricas "a la moderna", y la escasez de combustible vegetal, tras la intensa deforestación, terminarían condenando a la metalurgia artesanal a la desaparición. La minería de Sierra de Gádor, acompañada desde el principio de una metalurgia de primera fundición, daba muestras de agotamiento hacia 1836, cuando la caída de los precios terminó afectando a la rentabilidad de sus propias unidades productivas y cuando agotadas algunas de las más accesibles "bolsadas" de sulfuro de plomo, el sistema de laboreo empleado, criticado por los técnicos como manifestación de una rapiña incontrolada, terminaba poniendo obstáculos a una racionalización de las explotaciones. Con todo, este episodio minero fue suficiente para alterar la faz paisajística, social y económica del amplio territorio que circunda a la Sierra. Sus efectos demográficos fueron visibles en las villas y ciudades de su entorno, y en especial en Adra, Berja y Almería, lugares de preferente ubicación de la metalurgia, la minería y el comercio del plomo. La exportación de los metales constituyó el elemento primordial de apertura del espacio almeriense al mercado mundial. Aunque ya desde mediados del siglo XVIII, algunos buques británicos, holandeses, franceses o daneses, habían fondeado periódicamente frente a las playas almerienses para cargar la piedra de barrilla que constituía la principal materia prima para la fabricación de sosa en sus respectivos países, nunca se había conocido la animación mercantil que promovió el tráfico de plomos en sus tres enclaves de Adra, Almería y Roquetas. Las repercusiones sociales del fenómeno minero no son tampoco desdeñables. En el origen de la mayoría de las fortunas burguesas del siglo pasado en Almería podemos rastrear una rediticia participación en los negocios mineros. Este grupo social emergente, vinculado claramente a las reformas del Estado liberal y a las nuevas formas económicas capitalistas, relevaría en el poder social, económico y político a los miembros de esa vetusta oligarquía local del Antiguo Régimen, compuesta por una pequeña nobleza que monopolizara hasta entonces las alcaldías mayores, los puestos de regidores perpetuos, los beneficios y las hidalguías, pero que, en general, observó con estupor, incomprensión, reticencia y tardío interés la vorágine minera. Pero los "nuevos ricos", la burguesía minera devino, no obstante, muy pronto en agraria, volviendo la vista hacia el origen de muchos de sus miembros y terminaría encauzando sus ganancias hacia la aspiración más unánimemente sentida en aquel tiempo: constituir un sólido patrimonio fundiario y alcanzar la categoría de hacendado. A tal fin, tanto la oferta de tierras desamortizadas, procedentes de las instituciones eclesiásticas y municipales, como la compra en el mercado libre, aprovechando el empobrecimiento campesino en las periódicas crisis, serían dos vías convenientemente aprovechadas para convertirse en terratenientes. La irrupción de la minería alteró profundamente los hábitos de trabajo de los jornaleros del siglo pasado. En Sierra de Gádor más de 20.000 personas llegaron a estar ocupadas en las minas, las fábricas y la arriería. Pero a pesar de la magnitud de estas cifras, no está claro que podamos identificar estas aglomeraciones con las concentraciones proletarias de las zonas industriales modernas. La ambigua convivencia de elementos nuevos y tradicionales que a menudo se manifiesta en plurales facetas de la minería decimonónica almeriense, también se aprecia en la configuración de su mano de obra. Como dijo en 1867 el geógrafo francés Delamarre -un directo e interesado conocedor de los asuntos de minas del territorio -, los mineros de Almería no dejaban nunca de ser campesinos. Y en efecto, el bracero del campo simultaneó, dada la irregularidad de la actividades mineras y agrícolas, las labores en uno y otro sector, por lo menos durante la mayor parte de la minería autóctona del plomo. Con todo, el crecimiento demográfico observable en el ecuador del XIX, sólo parece explicable por la incidencia de fenómenos de inmigración que aún están sin estudiar, pero que debieron tener en las oportunidades del trabajo en las minas y en las fundiciones su principal incentivo. La evolución minera del Sureste durante el siglo XIX semeja una carrera de relevos. En efecto, los primeros signos de agotamiento en Sierra de Gádor, se compensan a partir de 1838-1839 con el descubrimiento del filón Jaroso de Sierra Almagrera en el término de Cuevas. Del frenesí especulativo que desencadenó este hallazgo, nos han legado multitud de testimonios la prensa de la época o los escritores costumbristas del momento. Las centenares de sociedades de minas que por toda España se organizaron para "acometer" la explotación de Sierra Almagrera, las miles de acciones que se compraron y se vendieron, sobre todo en los seis primeros años de la vida de este distrito, le dieron una fama al paraje tan sonora como el rumor de los escándalos promovidos por la especulación más inmoral: sociedades organizadas sobre minas inexistentes, acciones que veían multiplicar su valor sin base real, ruidosos pleitos entre accionistas y entre las minas colindantes, resueltos, a veces, por el recurso a los más expeditivos medios de coacción y de violencia, etc. Entre 1839 y 1845 se realizarían en toda España más de 13.000 transferencias de acciones de minas de Sierra Almagrera; o sea, unas 2.000 al año que supone una media diaria de seis compraventas. Este impresionante trasiego alcanzó un valor superior a los 60 millones de reales —más de 7 mil millones de pesetas en dinero actual—. En el festín minero participó una buena muestra de la alta sociedad española del momento: políticos, como Javier de Burgos, Madoz o Mendizábal, comerciantes e industriales como los Larios, los Ibarra o algún Bonaplata, a la vez que terratenientes, eclesiásticos, militares, y altos funcionarios. Pero también las capas medias y bajas intentaron tomar parte en lo que desde sus orígenes fue llamado la "lotería minera": campesinos, labradores, artesanos o arrieros llegarían a malvender o hipotecar sus escasos bienes para asegurarse una participación minera. Las grandes ganancias no llegaron, sin embargo, nada más que a unos pocos. Las principales fortunas de la Almería del siglo XIX se encuentran entre los apellidos de los afortunados accionistas de las "minas ricas" del Jaroso: los Orozco, Soler, Abellán Peñuela -futuro marqués de Almanzora-, o Anglada, se encuentran entre los interesados en minas tan míticas como "Carmen", "Observación", "Esperanza", "Estrella", o "Virgen del Mar". Muchos de ellos canalizarán, en primera instancia, parte de sus ganancias hacia la erección de importantes fábricas metalúrgicas - para la desplatación y la fundición del plomo argentífero- en Villaricos, Palomares o las inmediaciones de lo que será la nueva población de Garrucha. Pero a pesar de las condiciones diferentes de los filones de Sierra Almagrera, el sector minero se organizó en este nuevo escenario heredando los defectos consustanciales al modelo de "pequeña minería" ensayado en Sierra de Gádor y auspiciado por la legislación minera vigente. En efecto, los mismos menguados campos de explotación, la misma subdivisión de la propiedad minera y la misma precariedad en los medios técnicos empleados, se puede observar en el distrito oriental, a pesar de que desde 1847, cuando se manifestó en todo su dramatismo el problema del desagüe, la necesidad de concentrar los esfuerzos ante un enemigo común y que sólo podía ser combatido solidariamente, resultó tan imperiosa como desatendida. Desde entonces y hasta poco antes de nuestra guerra civil, las vicisitudes del Desagüe general de Almagrera determinarán las épocas de actividad y paralización de las actividades mineras del distrito. Algunos descubrimientos interesantes - como los realizados en el barranco Francés desde 1860 y en las Herrerías en torno a 1869- alimentarán la aureola de riqueza de la minería del levante almeriense, que, sin embargo, se mantendrá siempre lejos de la convulsa animación de la "fiebre minera" de los años cuarenta. La decadencia de la minería del plomo almeriense se presenta a partir de los años 1870 como el resultado de la conjunción de factores endógenos y exógenos. Entre los primeros, la desorganización del sector, la subdivisión de la propiedad minera y la insolvencia financiera de la mayor parte de las compañías que han optado por esperar a que alguien con más ganas les ponga en explotación la concesión minera mediante su arrendamiento, resultan los epígrafes más citados por quienes se ocupan del tema. En la minería del plomo almeriense, por estos años, son tan numerosas las compañías propietarias de minas como las organizadas para tomar a partido -en arrendamiento- alguna concesión minera. Entre las causas externas destacó la continuada depreciación del metal entre 1875 y 1895, como manifestación de una clásica crisis de superproducción en el mercado mundial, que llevará la cotización del plomo desde las 23 libras/tonelada de 1861 hasta las 9 libras de 1894. Esta situación del mercado internacional debía haber empujado hacia la definitiva racionalización del sector, en orden a una introducción de formas de organización que redundaran en unas imprescindibles economías de escala. Sin embargo, los vicios de la pequeña minería estaban tan adheridos a la dinámica del negocio, y la explotación minera en algunos distritos, como en Sierra de Gádor, se había realizado con tal improvisación y rapiña, que en ese momento la reanudación de las labores resultaba antieconómica. Desde 1880, la minería del plomo de la provincia de Almería, hasta entonces hegemónica en el panorama nacional, no hará más que perder posiciones ante la pujanza de los nuevos centros productores de Linares, Córdoba, o Ciudad Real, o ante el incremento de la capacidad productiva de la Sierra de Cartagena-La Unión. Incluso los intentos de penetración del capital extranjero en los viejos distritos almerienses -como fue el caso de las sociedades francesas "Compagnie d'Aguilas" y "Peñarroya", montadas por los Rohtschild de París, y sus importantes inversiones en Almagrera y en la Sierra de Bédar- no alcanzaron el éxito esperado por, entre otras razones, las resistencias y pretensiones de las sociedades locales titulares de las concesiones mineras. A finales de siglo se producirá, por último, el gran viraje en la actividad minera almeriense. El crecimiento de la demanda internacional, especialmente británica, de los minerales de hierro almerienses, exentos de fósforo y muy adecuados para la tecnología siderúrgica Bessemer, promoverá un espectacular, aunque efímero, desarrollo de esta nueva minería en el territorio almeriense. Entre 1895, año de la inauguración del primer trazado ferroviario, y 1914, en el inicio de la conflagración europea, corrieron los mejores tiempos de la explotación del hierro. Las dos fechas simbolizan dos de los caracteres más destacados de este nuevo ciclo minero: su vinculación con la instalación de nuevos y modernos medios de arrastre, transporte y carga - trenes mineros, cables aéreos, embarcaderos,..-, por un lado, y su estrecha dependencia respecto de los mercados exteriores, por otro. El agotamiento de algunos criaderos, la crisis siderúrgica de los años veinte, la depresión de 1929 y la competencia norteafricana, desembocarían, finalmente, en el cierre de la mayoría de las explotaciones mineras antes de nuestra guerra civil.