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EL PANTANO DE NÍJAR. UNA EFÍMERA INFRAESTRUCTURA PROMOCIONADA POR EL CAPITAL PRIVADO Andrés Sánchez Picón En el ambiente de animación financiera y societaria de los años cuarenta del siglo pasado, se produjo una iniciativa empresarial que nos ha legado el conjunto hidráulico más impresionante de la Almería del siglo XIX. Se trata de la sociedad por acciones que se constituyó en 1842 para acometer la construcción de una presa en la Cerrada de los Tristanes, en la rambla del Carrizalejo, término de la villa de Níjar. La empresa agrupaba a unos 1.200 asociados, en su mayor parte inversores originarios de Málaga, Madrid, Murcia o Valencia, y con una corta presencia de almerienses. El proyecto, acariciado por un entusiasta visionario hidráulico almeriense desde los años 1820, Diego María Madolell, ambicionaba poner en regadío unas 18.000 hectáreas en el campo de Níjar. Tras vencer un sinnúmero de problemas técnicos, en mayo de 1850 se inaugura la Presa con el nombre de Pantano de Isabel II. Sin embargo, apenas 10 años después de su inauguración, el vaso del pantano, cubicado en unos 6 Hm3, estaba colmatado casi a la mitad; los canales que debían llevar el agua hacia el campo, inconclusos, y la cuenca de alimentación, conformada por algunas ramblas de la vertiente sur de Sierra Alhamilla, se revelaba extremadamente insuficiente. Desde entonces, los restos de esta fracasada intentona se mantienen, con una apariencia de espléndida solidez, como uno de los principales elementos de nuestro patrimonio histórico del siglo XIX.