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LA IMPOSIBLE VUELTA ATRÁS Y LOS INICIOS DEL RÉGIMEN LIBERAL Tras el retorno de Fernando VII y la anulación de la Constitución de Cádiz y de todo lo legislado por las Cortes, la llama del liberalismo se mantiene encendida en la clandestinidad. Así, con la restauración del régimen liberal en 1820, tras el pronunciamiento de Riego en Cabezas de San Juan, se produce una eclosión del liberalismo basada en la organización en las principales poblaciones de la provincia de la Milicia Nacional, que desde entonces encuadrará a los voluntarios liberales, y por la erección en distintas poblaciones como Almería o Cuevas, de Sociedades o Tertulias Patrióticas empeñadas en la difusión del ideario liberal. No hay que descartar, tampoco, la activa intervención de sociedades secretas vinculadas a la masonería en la propagación de los principios revolucionarios. Además, otros factores pueden explicar la relativa importancia de los núcleos liberales en algunas poblaciones de la futura provincia como Almería, Berja, Vera o Cuevas. En primer lugar, los poderosos intereses articulados en torno a la incipiente minería de Sierra de Gádor y que apoyaban mayoritariamente las opciones liberales. Esta orientación deriva del hecho de que la explotación de las minas y el beneficio de los metales había constituído un monopolio exclusivo de la Corona hasta que sendos decretos de 1817 y 1821 abrieron la vía para una progresiva desnacionalización y consecuente privatización del sector. La experiencia de los nuevos empresarios privados —las docenas de partícipes en las compañías organizadas a partir de la incipiente liberalización—, les llevaba a vincular el futuro de sus intereses a la consolidación de las reformas auspiciadas por los liberales. En segundo lugar, las relaciones comerciales —legales e ilegales— con la colonia británica de Gibraltar propiciarían contactos regulares con los núcleos liberales organizados por los expatriados con ocasión de las reacciones absolutistas de 1814 y 1823. En tercer lugar, el activo grupo de comerciantes de la plaza de Almería, vinculados primero a la exportación de la barrilla (planta alcalina, materia prima natural para la fabricación de jabón, exportada a gran escala desde finales del siglo XVIII), y más adelante a los primeros envíos de plomo hacia Marsella, y que constituyen el germen del liberalismo almeriense, ya que vinculan el desarrollo de sus negocios mercantiles a la clara definición de los derechos de propiedad que el nuevo régimen contempla en el sentido de facilitar la propiedad privada de los bienes y la posibilidad de invertir sus ganancias en las propiedades inmobiliarias pertenecientes a las "manos muertas" (comunidades eclesiásticas, instituciones de beneficiencia y ayuntamientos). El personaje más destacado del liberalismo almeriense en esta coyuntura fundacional es Joaquín Vilches Baeza, primer comandante de la Milicia Nacional, cuerpo armado organizado a partir de voluntarios para la defensa de los postulados liberales y Jefe Político de la provincia —equivalente a los posteriores gobernadores civiles, en cuanto representantes del gobierno—, durante los años 1836-1838. Apenas apagados los ecos de la reacción absolutista subsecuente a la invasión de los Cien Mil Hijos de San Luis y a la restauración de la monarquía de derecho divino, en agosto de 1824 Almería será protagonista de un acontecimiento inesperado, pero destinado a tener un eco que ha llegado hasta nuestros días. Me refiero a la fallida intentona liberal de los "Coloraos". Pocos asuntos de la historia del liberalismo almeriense decimonónico han merecido una atención tan destacada, no exenta de polémica, de historiadores y curiosos. El recuerdo y la conmemoración de estos hechos se convirtió en una seña de identidad del liberalismo local, primero, y del progresismo y el republicanismo, más adelante con el correr de los tiempos. Aunque en otro apartado de esta sección, Fernando Martínez —el historiador que ha desvelado la mayoría de los detalles de este acontecimiento— trata el asunto, me permito aportar un par de circunstancias que pueden ayudar a entender cómo los conspiradores exiliados en Gibraltar, pudieron plantearse la toma de la plaza de Almería como el objetivo para el inicio de un movimiento liberal destinado a devolver el régimen constitucional a toda España. En primer lugar, la extensión del fenómeno contrabandista en la provincia, con núcleos tan virulentos como los pueblos del Andarax (la taha de Marchena), hacia donde, por cierto, intentaron dirigirse los expedicionarios. En segundo lugar, el apoyo de importantes sectores de la comarca de la Alpujarra a la causa liberal, ya que durante el régimen constitucional se habían ampliado las disposiciones que permitían la libre explotación de las minas de plomo de Sierra de Gádor. La represión antiliberal se debilitaría en las postrimerías del reinado de Fernando VII. El conflicto sucesorio, tras su muerte en 1833, permitiría a los liberales un acercamiento a la Corona y un apoyo a los derechos de la futura reina Isabel II. Hasta su mayoría de edad en 1844, se sucederán las regencias de María Cristina y del general Espartero —duque de la Victoria tras su triunfo en la Primera Guerra Carlista—, en los que el impulso reformista de los liberales en el poder lleva a la consecución de viejos objetivos de la revolución burguesa como la disolución definitiva de los derechos señoriales de la nobleza, o la desamortización de los bienes eclesiásticos (desamortización de Mendizábal). El marco político, tras el intento moderado del régimen del Estatuto Real, la Constitución de 1837 respondía los postulados del incipiente progresismo, una vez rota la unidad del liberalismo. Las diferencias entre las dos corrientes del liberalismo, incapaces de construir un consenso sobre el marco constitucional, se manifestaban en la dispar concepción de la soberanía (depositada en la representación parlamentaria, exclusivamente, en el programa de los progresistas; compartida con una Corona con amplia prerrogativas, en la opción moderada); así como en la diferente extensión de derechos fundamentales como las libertades de imprenta o asociación o la ley electoral (sufragio censitario, en todo caso, que excluía, aparte de a las mujeres, a la mayoría de la población: trabajadores, campesinos, jornaleros, etc.). Al margen del liberalismo, los antiguos realistas, defensores de la monarquía absoluta, habían evolucionado hacia el carlismo con el apoyo al Pretendiente frente a los derechos de Isabel, y contando con con el sustento y el aliento de algunos sectores eclesiásticos contrarios a la reforma liberal. En cualquier caso, en Almería la adhesión al carlismo resultó meramente testimonial. No contó, como en otras regiones del país, con una base social destacable. Las incidencias más reseñables parece que se dieron durante la primera guerra carlista (1833-1839), con ocasión de las incursiones del cabecilla insurgente Gómez, en el verano de 1836, en su larga expedición desde sus bases norteñas hasta Andalucía; y por las aproximaciones de algunas partidas carlistas como las de Basilio y Tallada, que actuaban desde Guadix y Baza, y la de Forcadell, que se merodeó en algún momento desde Murcia amenazando la comarca de los Vélez. Los amagos carlistas sirvieron, de todos modos, para fortalecer políticamente a algunos de los jóvenes líderes liberales que se ponían al frente de la movilización de la Milicia Nacional o de las Juntas de Armamento y Defensa que se constituían en las poblaciones amenazadas para organizar la distribución de armas entre los vecinos. Así fue el caso de Ramón Orozco, que comandará a las milicias de Almería, Vera, Huércal Overa, Berja y Vélez Rubio en su persecución de los carlistas de Basilio y Tallada por tierras de los Vélez, y que desde entonces ganará un enorme peso y prestigio dentro del liberalismo almeriense. Por entonces, el régimen incipiente tenía como representantes principales en Almería al comerciante de origen catalán, José Jover; al industrial y propietario de origen malagueño, Francisco Javier de León y Bendicho; al virgitano, Laureano de los Llanos; al abderitano, Miguel Chacón; o al velezano, Juan Antonio Carrasco. De la primera hora del liberalismo, mantenía todavía una cierta preeminencia Joaquín Vilches Baeza. Los años finales de 1830 y la década de 1840 constituyen una singular coyuntura económica y política en la provincia de Almería. El descubrimiento del filón argentífero del Jaroso en Sierra Almagrera ha provocado una conmoción especulativa que llega a toda España y en especial a las principales poblaciones de la costa (Málaga, Barcelona) y a la Corte. La bonanza económica promociona a sectores que, como ya se ha dicho, se vincularán activamente al liberalismo. Esta circunstancia y la debilidad del Estado, enfrentado a una transición hacia el régimen liberal harto dificultosa, permiten que algunas de las acciones políticas que se realizan en la provincia concedan a Almería un protagonismo en la marcha de los asuntos nacionales que no volverá a tener a lo largo del siglo XIX. Así, la revuelta antiesparterista de mayo de 1843, que se inició en Málaga, contó con la particpación activa de la junta organizada en Almería que llegó a armar una columna de 500 hombres para auxiliar a la vecina ciudad de Granada. Conseguida la dimisión del Regente, los moderados, una vez proclamada la mayoría de edad de Isabel II, conseguirán hacerse con las riendas de la situación. El giro moderado será respondido en la provincia, donde Ramón Orozco realiza un amago de levantamiento ante la orden de desarmar la Milicia Nacional, que lleva a la declaración del estado de sitio en el partido de Vera, durante la primavera de 1844. La actuación de la junta almeriense un año antes, con ocasión del pronunciamiento contra Espartero, le había valido a la ciudad de Almería el título de "decidida por la libertad" que, desde entonces, aparece en su escudo.